Los días que marchitaron mi sueño de ser fotógrafo

Buenas delirantes, hoy daré a conocer un poco de mi desdichada vida en la peor de sus etapas, la adolescencia. En aquel tiempo mi madre me compró una Nikon 5200 que pronto paso a ser una extensión de mi mano, y parte de mi identidad. Tomaba instantáneas en los ratos que mis coexistentes se hallaban tirándose entre ellos, y aunque eso no me hizo un prodigio siento que pude llegar al estándar de “Ok”.

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Comprendí que a pesar de que el lente de una cámara sea un objeto tan imparcial, similar a un portátil o una filmadora; un fotógrafo utilizará la iluminación como el oleo para un pintor; un medio para que el espectador interprete la imagen, y puede pasar a un sin fin de oportunidades si incluimos el encuadre, la puesta en escena, la saturación de colores, de manera sucinta: el sueño de un artista. Esta armonía digna del romanticismo fue perturbada cuando se me ocurrió la idea de apoyar gratuitamente a mi promoción del instituto que se encontraba ya en el ultimo año escolar. «Tomándoles fotos mejorare mi habilidad, adquiriré experiencia, y de paso quizás pesco a una, no pierdo nada», pensaba.

Es aquí cuando entra un factor. No se que tan cierto es eso de que la «generación z o millenials» sean un bulto de idiotas con síndrome de Dunning-Kruger. Lo que sí te puedo asegurar de que la generación millenial de mi instituto (la unión de niños de clase media-alta de aquel entonces) sí eran unos idiotas de primera. Sucede que cuando unos adolescentes nacen en el seno de una familia muy bien acomodada, se les concede todos los placeres materiales, leen Crepusculo y Wattpad, escuchan a Justin Bieber y a Bryan Myerz, los likes de Facebook e Instagram les piropean, y los realities shows hace el favor de educarles, estos no salen con los ojos más críticos y humildes como uno se esperaría.

Esta “generación” los primeros días pidieron que les tomara sus fotos, acepté y todo bien. Pero los meses que restaron pasaron de ser los «agradecidos por un fotógrafo gratuito con una calidad no tan despreciable» a ser los «exigentes porque se merecen al fotógrafo y es su puto trabajo aunque no gane ni un duro y sea nuestro compañero». Decenas de tontos me bombardeaban en Whatsapp implorándome por sus fotos, se las daba, y hasta allí acababa la relación. Era una maquina inescrutable que como fin era tomar instantáneas, darlas, y reiniciar el ciclo. Salían otros con sus cámaras reflex de punta tomándose selfies en modo automático como diciendo: «Epa, nosotros también tenemos talento aunque no nos hayamos matado practicando, es fácil solo tocar un botón y listo». Aunque las instantáneas les quedase más feas que un trasero rasurado los mismos les libaban a estas deidades de poliestireno con cientos de likes en Instagram; y allí estaba El Delirante, comiéndose diez likes.

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El día que acabo con mi tolerancia fue aquel donde decidieron “pagar a un fotógrafo de la generación anterior a esa para tomar las fotos ya que poseía más experiencia”. Recuerdo una diciendo a mis espaldas «Es que el tipo tiene una cámara superior». El imbécil tenía un modelo cinco veces inferior al mio, y para rematar, no me alcanzaba ni la mitad de lo que yo poseía de experiencia. Vine yo otro día y empece a cobrar un dólar, nadie acepto; cincuenta centavos, nada pasaba; veinticinco, y me dijeron «¿No es tu trabajo el de tomarnos fotos gratis?».

Miraba ya con poca esperanza mi futuro como “fotógrafo”. Comprendí que uno para ganarse el pan con esa profesión tan manoseada uno tiene que ser reconocido, y aparentar que sabe mucha paja, aunque no tenga ni la menor idea de lo que haga. Gana puntos extras si eres un chico/chica apuesta, y eres de la estirpe que sale de sus cuevas hedonista que busca presas en las discotecas, eso equivaldría a miles de puntos extras.

Después me uní junto a un amigo que al igual que yo intentábamos agarrar una diminuta molécula del pastel de las sesiones fotográficas. Empezamos a enviar comunicados con la información de los costes y los detalles de las sesiones fotográficas por los grupos de la promoción escolar ¿Sera que por fin obtendría alguna renumeración por mi trabajo? ¿Iba a recuperar los sesenta dolares que gastaba para que le limpiar el hongo de la cámara? Claro que no. Recibimos solo un mensaje de una chica que deseaba una sesión fotográfica sin embargo ella sabía que era el primer «cliente» por lo que exigía una sesión gratis porque nos estaba haciendo un FAVOR.

En mis últimos días recurrí a tomar fotos a las demás promociones pero pronto pare debido a que una profesora obesa nos tiró su enorme culo y dijo que a ella se encargaba de las fotos ¿Entonces que hice? Mandé todo a la mierda, dejé de tomar fotos al conjunto de hipócritas. Ni si quiera pude pescar ni una chica (pero dásela a otro idiota y se convierte en un imán viviente de testosteronas).

Ahora suelo tomar fotos personales. Es entonces cuando hay que preguntarse: ¿de que vale planear, tomar instantáneas y editarlas por horas para luego recibir unos meros cinco o diez likes; al contrario de la barbie que se toma un selfie y al momento la sube y la recompensan con cientos, miles o millones de likes? Uno se mataba editando las instantáneas en el mismo día que las tomo para que [insertar nombre X] ya dispusiera de esta. A comparación de las grandes marcas nacionales que aveces tardan meses, ¿que recibía uno a cambio? Un delicioso: «es tu trabajo».

Es así delirante como acaba mi historia. Con un dolor de cabeza, cero chicas, con menos dinero que antes, y un gordo acostado en un diván. Nos vemos delirante, voy por una calada.

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