Necesitamos a Dios

Soy ateo, no lo niego. Mi estrecha relación con Dios ha sido un camino tortuoso. Desde mis inicios como fiel creyente, a mi decepción y luego a mi declive hasta lo que pueden ver hoy, el gordo marrano fuma opio cuyos últimos alientos aminoran a cada exhalada. Y aunque le tenga rencor, la forma con que le veía cambió. Desde que leí el capitulo VI, El Opio del Pueblo(Obvia referencia a Marx), de La Civilización del Espectaculo he podido reconocer la gran pilastra y motor que es Dios para el mundo. Perdió mucha influencia desde el siglo de las luces, sin embargo sus creyentes aumentan y él sigue manteniendo a la raya al pueblo; potestad inigualable que ningún ser humano por todos los milenios y millones de años de existencia; nunca  un humano se le aventajara ni igualara.

Fui a la iglesia -de lo contrario me patean de la casa- y percibí ese aura de relajación y confianza. Los que se encontraban a mi par se hallaban sumisos con plegarias y un semblante que rozaba el telón de la compasión y la esperanza; como de quien esta con un ser querido muy cercano y especial. Se enfrascaban en las palabras de quien las decía en el atril, pero ignoraban al sujeto trajeado que las profería, lo que veían era la proyección de Dios, encarnado en sus palabras y alabanzas.

Sorprende lo que Dios puede llegar a ser para ellos; un padre que da la mano para asirla en las peores circunstancias, nunca abandonándoles ni aunque la muerte a trastocara alguno de ellos. Les da sentidos a su vida, da reglas, conductas, y a cambio reciben el idilio perfecto, un amor eterno e inigualable. Quítales a Dios y lo único que quedaran son seres depresivos y maquinales; seres degradándose al punto de quizás llegar al suicidio o morir sin esperanza alguna; llevándose por los instintos y los placeres como un animal salvaje. La sociedad acabaría por volverse aun más desigual y competiríamos entre sí en el sentido más puro del darwinismo social, la vuelta a la Barbarie.

Si Dios permanece afuera de la política como en un estado laico. Entonces estaríamos frente al estado perfecto; gozaría de una hegemonía y paz absoluta política e ideológica, puesto que las leyes se establecerían según el las circunstancias sociales y la opinión de sus originarios. El estado relegaría a Dios como guía cultural y regidor de los principios morales del individuo.

Mis delirantes, pues así es, a pesar de ser ateo y tonto se que Dios es la balanza clave de nuestra sociedad, un canalizador de pesares originados por la  hostil sociedad capitalista. Se despide el Moribundo, quizás no vaya hoy por un cuelgue.

Fuente:

La Civilización del espectaculo, 2012, Mario Vargas Llosa

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